El Domingo

Es un día de fiesta y de alegría para el cristiano. Es un día de descanso, un día para estar con la familia, y para orar y dar gracias a Dios, ayudando a los hermanos. En este día de descanso, la familia y Dios deben estar unidos: descansar para estar en familia y para ir juntos a celebrar la alegría de la resurrección de Jesús a la misa dominical. Por eso, hay que hacer del domingo, día del Señor, el día grande de los cristianos. Un cristiano sin la misa del domingo no puede ser un buen cristiano. El domingo no hay que confundirlo con un día de descanso y diversión. Y los que no pueden asistir por trabajo o enfermedad o cualquier causa grave, pueden oír misa por radio o televisión.

También es importante anotar que el domingo, además de ser un día para la familia, debe ser día de fraternidad, pensando en los hermanos más necesitados.

Decía el Papa Juan Pablo II: ¿Por qué no dar al día del Señor una mayor insistencia en el compartir, poniendo en juego toda la creatividad de que es capaz la caridad cristiana? Por ejemplo, invitar a comer a alguna persona sola, visitar enfermos, proporcionar comida a alguna familia necesitada, dedicar alguna hora a iniciativas concretas de voluntariado y de solidaridad.

Éstas serían, ciertamente, algunas maneras de llevar a la vida la caridad de Cristo, recibida en la mesa eucarística (Dies Domini, 72).

Jesús nos invita a su fiesta cada domingo, nos invita a su cena, a la cena del Señor, que es la Eucaristía. Por ello, nos dice: He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré a él y cenaré con él y él conmigo (Apocalipsis 3, 20) ¿Le diremos que estamos demasiado ocupados o que tenemos cosas más importantes que Él? En la Didascalia, escrito del siglo III, se dice: Dejad todo el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas. ¿Qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino, que es eterno?

En el código canónico se nos dice que el domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la misa (Catecismo. 1247). Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la Iglesia católica (Dies Domini, 47) También la Iglesia recomienda a los fieles comulgar, cuando participan en la misa, con la condición de que estén con las debidas disposiciones y no sean conscientes de estar en pecado grave. En este caso, deben primero recibir el perdón de Dios mediante la confesión (Dies Domini, 44).

La misa del domingo es el centro mismo de la vida cristiana. El Papa Juan Pablo II aconsejaba: No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo. Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que Él lo pueda iluminar y dirigir. El tiempo ofrecido a Cristo nunca es tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización de nuestras relaciones y de nuestra vida (DD 7).

Los fieles que por enfermedad, incapacidad o cualquier causa grave se ven impedidos, procuren unirse de lejos y del mejor modo posible a la celebración de la misa dominical, preferiblemente con las lecturas y oraciones previstas en el misal para aquel día, así como con el deseo de la Eucaristía. En muchos países, la televisión y la radio ofrecen la posibilidad de unirse a una celebración eucarística, cuando ésta se desarrolla en un lugar sagrado. Obviamente, este tipo de transmisiones no permite de por sí satisfacer el precepto dominical que exige la participación en la asamblea de los hermanos mediante la reunión en un mismo lugar y la consiguiente posibilidad de la comunión eucarística. Pero para quienes se ven impedidos de participar en la Eucaristía y están, por tanto, excusados de cumplir el precepto, la transmisión televisiva o radiofónica es una preciosa ayuda, sobre todo si se completa con el generoso servicio de los ministros extraordinarios que llevan la Eucaristía a los enfermos, transmitiéndoles el saludo y la solidaridad de toda la Comunidad (DD 54).

No olvidemos que la misa es una asamblea de hermanos reunidos para escuchar la palabra de Dios y celebrar la Eucaristía con Cristo, ofreciéndose con Él al Padre y uniéndose a Él en la comunión. Es un tiempo de amor con Jesús, que produce una inmensa alegría y, por eso, podemos decir que es una fiesta con Jesús. Vale la pena dejarlo todo para asistir a la misa. Es el mejor tiempo empleado de la vida.

Juan Pablo II decía: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! (DD 7). Gritad con todas las fuerzas de vuestra vida en silencio, pero de todo corazón: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén. Que estas palabras sean para nosotros como un canto de amor y de alabanza que debe resonar con fuerza en cada misa para expresarle a Jesús nuestra entrega total. Un canto que debe continuar durante todo el día y todos los días, como expresión de nuestro amor y de nuestra entrega.

Por consiguiente, no nos perdamos ninguna misa, pues una misa que se pierde, se pierde para toda la eternidad. Las gracias que podíamos haber recibido nunca las podremos recibir.