El momento de la comunión es el momento más sublime para nosotros, porque es el momento de mayor cercanía y encuentro con Dios trino por medio de Jesús, el hombre Dios. Es el momento de mayor identificación con Jesucristo.
Durante los momentos en que las especies eucarísticas están presentes en nosotros, hay entre Jesús y nosotros una identificación plena; sobre todo, si el alma está abierta a Dios con el alma en gracia. De ahí que hay que darle a la comunión la máxima importancia.
Según la Ordenación General del Misal Romano, la comunión es una participación en el sacrificio que se está celebrando (Nº 85).
No se puede comulgar simplemente por costumbre o por compromiso social. No se puede recibir el abrazo de Jesús y estar indiferentes.
Comulgar es unirnos totalmente a Cristo, de modo que nuestro pequeño ser humano, durante esos momentos, está inmerso en el infinito ser de Dios, algo así como un pez que está metido en el océano del amor de Dios. ¿No sientes nada? No importa, debes tener fe. Debes ver a Jesús con los ojos del alma y creer que es el mismo Jesús de Nazaret que hace dos mil años perdonaba a los pecadores, bendecía a los niños y sanaba a los enfermos. Por eso, el mejor momento para pedir cualquier cosa o para sanarnos es el momento de nuestra unión con Jesús en la comunión. Es el momento clave de cada día y de toda nuestra vida. No nos acostumbremos a comulgar, no vayamos a comulgar por rutina y sin preparación. Y, si vemos que alguien por ignorancia o malicia comulga por comulgar, procuremos que alguien le llame la atención y le haga entender la gravedad de su acción.
Como decía el Papa Pablo VI: Debemos estar vigilantes para que este gran encuentro en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y no lo recibamos indignamente, es decir, en pecado mortal. Decía santa Magdalena Sofía Barat: Una comunión es infinitamente más preciosa que todo lo creado.
Santa Margarita María de Alacoque afirmaba: Deseo tanto recibir la comunión que, si tuviera que caminar descalza por un sendero de fuego a fin de obtenerla, lo haría con indecible gozo. Santa Teresa de Jesús confiesa: Me vienen unas ansias de comulgar tan grandes que no sé si podría encarecer.
Acaecióme una mañana que llovía tanto que no parece se podía salir de casa. Yo estaba tan fuera de mí con aquel deseo que, aunque me pusieran lanzas en los pechos, me parece entraría por ellas, cuanto más agua. Cuando llegué a la iglesia dióme un arrobamiento grande. Comulgué y estuve en misa que no sé cómo pude estar y vi que eran dos horas las que había estado en aquel arrobamiento y gloria.
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