El credo, símbolo o profesión de fe tiende a que todo el pueblo congregado responda a la palabra de Dios, que ha sido anunciada en las lecturas de la sagrada Escritura y expuesta por medio de la homilía, y, para que pronunciando la regla de fe con la fórmula aprobada para el uso litúrgico, rememore los grandes misterios de la fe y los confiese antes de comenzar su celebración en la Eucaristía (OGMR 67).
El credo es muy importante en la celebración de los domingos y solemnidades. Es un acto de fe con el que nos unimos a todos nuestros antepasados en la fe, que lo recitaron a través de los siglos. Es bueno, en ese momento, recordar que la misa que estamos celebrando, aunque tenga algunas variantes secundarias o se celebre en distinta lengua, es la misma misa a la que asistían los primeros cristianos y que, desde el primer siglo, rezaban el credo. Se llama credo de los apóstoles o símbolo de los apóstoles, porque resume fielmente la fe que los apóstoles transmitieron desde el principio.
Este credo, cuya base existía desde los apóstoles, fue estructurado en el siglo II. San Hipólito, el año 215, en su libro Tradición apostólica lo recita así: Creo en Dios padre todopoderoso y en Jesucristo, hijo de Dios, que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, fue crucificado bajo Poncio Pilato, muerto y sepultado, resucitó el tercer día, subió a los cielos, está sentado a la derecha del Padre, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia y en la resurrección de la carne.
Algunos años más tarde, añadieron: Creo en la comunión de los santos (porque algunos negaban la veneración a los santos), el perdón de los pecados (porque había quienes negaban el poder de perdonar los pecados), se añadió la palabra católica a la Iglesia. Y se hicieron algunos pequeños retoques. De modo que ya en el siglo VI, según nos lo transmite en un sermón san Cesáreo de Arlés (470-543) ya estaba totalmente establecido el credo tal y cual lo recitamos hoy en todas las iglesias católicas del mundo. Recémoslo y repitámoslo muchas veces con devoción, tratando de unirnos a la fe de todos nuestros antepasados católicos:
Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo su único hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
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