Después del Santo, viene la plegaria eucarística. En ella, no sólo se nos recuerdan los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, sino que el Espíritu Santo hace que estos hechos se hagan realidad en el altar. Por eso, decimos que la misa es el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Memorial significa hacer realidad aquí y ahora un acontecimiento salvífico que tuvo lugar hace mucho tiempo.
Pero para que se hagan realidad estos acontecimientos necesitamos el poder del Espíritu Santo. Por consiguiente, invocamos la gracia del Espíritu Santo (primera epiclesis), diciendo en la segunda plegaria:
Te pedimos, Señor, que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor.
Para los cristianos orientales, tiene tanta importancia esta invocación al Espíritu Santo, que para ellos éste es el momento de la consagración, es decir, el momento en que Cristo se hace realmente presente en el altar.
Para nosotros, el momento clave es el momento de la consagración por separado del pan y del vino. Durante la consagración los fieles estarán de rodillas a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y los que no pueden arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión después de ella (OGMR 43).
El sacerdote dice:
Tomad y comed todos de él (pan), porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros.
Igualmente, el sacerdote toma el cáliz y dice:
Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.
Démonos cuenta que el sacerdote en ese momento es Jesús, Jesús y él se han unido sustancialmente. Por eso, es tan importante que el sacerdote sea puro y libre de todo pecado, al menos mortal. El canon 899 dice que personifica a Cristo durante la misa. Su persona es absorbida por la persona de Cristo y Cristo actúa a través de él como si fuera él mismo. Por eso, el sacerdote, como si fuera el mismo Cristo, dice las mismas palabras de Cristo para realizar la consagración.
Ahora bien, anotemos que se dice: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. El sacerdote debe hacer suyas estas palabras de por vida. Y lo mismo cada fiel comprometido con Cristo.
Debe tomar su propio cuerpo, que significa toda su vida, y entregarla a Cristo por la salvación de sus hermanos. Y les invita a todos: Tomad y comed, es decir, recibid mi amor, mi alegría y mis bendiciones, porque estoy a vuestro servicio para siempre. Un cristiano que vive íntimamente en unión con Cristo, especialmente un sacerdote, y que renueva su unión total en cada consagración, debe hacer realidad esta entrega a Cristo y a los hermanos para que tengan derecho a recibir siempre su amor, paz, alegría y bendición.
De la misma manera, al decir el sacerdote “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre” el sacerdote y el fiel comprometido debe entender que está renovando su entrega de dar su sangre y su vida por los demás (será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados). Y dice que es sangre de la alianza nueva y eterna. La sangre que representa nuestra vida es la sangre de Cristo que nos alimenta en la comunión y que, al comulgar, realiza una alianza nueva y eterna entre Cristo y nosotros.
¡Qué importante es renovar cada día, en la misa y comunión, esta alianza con Jesús! Esto deben hacerlo de modo especial los sacerdotes y religiosas, que están comprometidos de por vida por su compromiso radical con Dios. Por último, se dice: Haced esto en conmemoración mía. El texto griego dice touto poiei eis ton emen anmnesin. La misa no es un simple recuerdo, sino una realidad. Jesús se ha hecho realmente presente, el mismo Jesús de Nazaret que nació en Belén y murió en la cruz. Cuando Jesús dijo esas palabras en la última cena, los apóstoles entendieron que podían celebrar lo mismo que él había celebrado y hacer realidad su cuerpo y sangre al consagrar el pan y el vino.
¿Estás tú hermano unido íntimamente a Cristo? ¿Tu vida y la de Cristo están unidas? ¿Estás totalmente disponible para hacer siempre y en todo su santa voluntad? Eso es lo que espera Jesús de ti. Haz una consagración de tu vida a Jesús. Ofrécele todo lo que tienes y todo lo que eres por medio de María y vive la misa como una renovación diaria de tu compromiso vital con Cristo.
Después de la consagración, el sacerdote canta o recita: Este es el sacramento de nuestra fe.
El Papa Juan Pablo II, en la carta a los sacerdotes para el jueves Santo del 2005, les decía: Al decir "Este es el sacramento de nuestra fe", el sacerdote manifiesta después de la consagración del pan y el vino el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y del vino, pero su sustancia por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente verdadera, real y sustancialmente, Cristo, muerto y resucitado, en toda su humanidad y divinidad.
Y el pueblo responde gozoso, si fuera posible cantando: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!
También puede decirse: Aclamen el misterio de la redención.
Y responden: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
O bien se puede decir: Cristo se entregó por nosotros.
Y se responde: Por tu cruz y tu resurrección nos has salvado, Señor.
Después de esta aclamación, el sacerdote ofrece al Padre, como ministro de Cristo y de la Iglesia, el pan y el vino consagrados. Como dice la plegaria IV: Te ofrecemos su cuerpo y su sangre, sacrificio agradable a Ti y salvación para todo el mundo. Después, viene la segunda epiclesis o segunda invocación al Espíritu Santo. Se dice en la segunda plegaria: Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y sangre de Cristo. También se pide, de modo especial, por el Papa, por el obispo, por todos los sacerdotes y por toda la Iglesia. Y se ora por todos los difuntos y, en concreto, por aquellos por quienes se estuviera celebrando la misa. Se invoca a María, a los apóstoles y a los santos para que vengan e nuestra ayuda.
En la primera plegaria se menciona especialmente a san José en unión de los mártires.
Y la plegaria eucarística termina con el Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios, Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.
El por Cristo lo reza solo el sacerdote, pero todos debemos asentir diciendo con fuerza y con aceptación total Amén, es decir, así es y que así sea. Es conveniente cantar todos los días este Amén pues todos debemos, en ese momento, decir con fuerza y verdad: Todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
En algunas parroquias los sacerdotes cantan todos los días en la misa el Amén, mientras sostienen en alto con sus manos la patena y el cáliz. Es un momento muy importante, el del verdadero ofertorio, en el que el sacerdote no ofrece simplemente el pan y el vino, sino al mismo Jesús en persona con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es un momento en que el sacerdote y todos los presentes pueden ofrecerse con Jesús, mientras se van diciendo las palabras con Cristo, con Él y en Él. Vivamos ese momento con fe, entrega y generosidad, y digamos con fuerza, cantando: Amén.
Para mí, personalmente, este momento es muy especial y, mientras tengo levantados la hostia y el cáliz, me voy ofreciendo con Jesús al Padre. Son momentos solemnes muy significativos y expresivos.
- Inicie sesión para enviar comentarios
