Fracción del Pan

En la liturgia de la Iglesia primitiva la fracción del pan (partir la hostia para consumirla) revestía mucha importancia.

Entonces usaban panes grandes fermentados que los fieles habían presentado en el Ofertorio con el vino.

Cuando se sustituyó el pan fermentado por el ácimo y se usaron las hostias actuales, se fue perdiendo el simbolismo de este gesto de partir el pan. Cristo es el pan partido para la salvación del mundo. Por eso, san Pablo dice: El pan es uno y somos muchos en un solo Cuerpo, pues todos participamos del mismo pan (1 Co 10,17). Y porque participamos todos del mismo pan, que es Cristo, todos estamos unidos en Cristo por la comunión. La comunión eucarística debe ser también común unión con los hermanos. De ahí que la misa dominical debe llevarnos a algunas acciones concretas de caridad para que nuestra fiesta eucarística sea compartida también con otros, a quienes podamos llevar la alegría que Cristo nos ha dado.

Este gesto de partir los panes era tan importarte en los primeros siglos que, desde el principio, se llamaba fracción del pan a la misa. Porque sin fracción del pan no habría comunión y sin comunión la misa sería un banquete sin comida. En el libro de los Hechos de los apóstoles se nos dice que aquellos primeros cristianos perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión, en la fracción del pan (misa) y en la oración (Hech 2,42). Y diariamente acudían al templo, partían el pan en las casas (celebraban la misa en las casas), tomaban su alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del general favor del pueblo (Hech 2, 46-47).

Este gesto de la fracción del pan resume un poco la vida de Cristo y lo que debe ser también la nuestra: un romperse por los demás, un entregarse totalmente a su servicio. Este gesto debería ser más visible y expresivo. En las catacumbas de Roma, los cristianos pintaban al sacerdote, partiendo el pan eucarístico para simbolizar la celebración de la misa.

El sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una partícula de la hostia en el cáliz, para significar la unidad del cuerpo y de la sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. El coro o cantor canta normalmente la súplica "Cordero de Dios" con la respuesta del pueblo; o lo dicen al menos en voz alta.

Esta invocación acompaña a la fracción del pan y, por eso, puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta que concluye el rito. La última vez se concluye con las palabras: "danos la paz" (OGMR 83).