Saber esperar es todo un arte, pues no se trata de cruzarnos de brazos a ver qué pasa, sino tener una postura activa mientras esperamos. Para ello hay que estar preparado y tener ojo avizor. No se admite ningún tipo de distracción, ya que lo que se espera puede hacerse realidad en cualquier momento. Ser sabio es estar siempre preparado para lo que venga.
Contrario del sabio es el necio que nunca está preparado para lo que pueda pasar. Se confía de lo que tiene. Cree que nunca le faltará nada. Hasta que se duerme en los laureles. Cuando viene a reaccionar ya es demasiado tarde. La mayoría de los fracasos en la vida suceden porque nos confiamos en nosotros mismos y lo que tenemos hasta que se nos hace demasiado tarde. Se le hace tarde al estudiante que deja para estudiar la noche antes del examen porque cree que todo se lo sabe; se le hace demasiado tarde al que deja para cambiar su conducta cuando esté más viejo; se le hace demasiado tarde al padre o madre de familia que deja que el pequeño crezca sin corrección oportuna…se le hace demasiado tarde al que deja las cosas de Dios para después que disfrute todas las del mundo.
En la vida siempre hay que tener aceite de reserva por si el invitado llega inesperadamente. Un aceite que es personal. Nadie puede dar el aceite a otra persona. En la vida hay cosas que hay que hacerlas de manera personal. Entre ellas la construcción de la propia felicidad y salvación. Yo soy responsable de mi propio destino. Miren como lo ha expresado un comentador del evangelio: “La conclusión es fácil: Jesús está hablando de alguna exigencia que no se puede resolver con aceite prestado. Tanto en el mundo de la fe como en el de la realidad humana hay multitud de valores que son ardua adquisición o no se tienen”.
La vida es indetenible. Ella nos empuja constantemente hacia su plenitud. Para ese viaje hay que estar preparados. Debemos estar vigilante, ojos bien abiertos y lámpara en mano por si nos coge la noche. Vamos caminando hacia el reencuentro con nuestro Dios, pero mientras vamos de camino tenemos que ir con los ojos bien abiertos y con lámparas que nos ayuden a iluminar el camino en medio de las tinieblas del mundo en que vivimos.
El aceite y la lámpara son algo constitutivo de nuestra propia persona. Son nuestra biografía. Es lo que le vamos poniendo a la vida en su recorrido temporal. Lámpara y aceite soy yo mismo iluminando el sendero por donde vendrá aquel que esperamos. Porque la vida en su dinamicidad nos recuerda que si bien es cierto que el novio viene, nosotros tenemos que salir a su encuentro. Pero no podemos salir con los brazos cruzados, sino con actitud atenta y expectante: con la llama que brota de nuestra lámpara cargada de aceite.
En la vida tenemos que ser hombres con luz. Si no tenemos luz no seremos conocidos por Dios. Es tanta la oscuridad que envuelve a los hombres que no tienen luz que ni el mismo Dios podrá verlos. Por eso pasaría de largo y a lo lejos nos diría: no te conozco, no sé quién eres.
- Inicie sesión para enviar comentarios
- Visit http://caminoaemaus.com/drupal/node/1108
