Qué significa el Camino a Emaús

Camino a Emaús. Zuend.

Este pasaje de la Biblia está tomado de Lucas 24 versiculos del 13 al 35. Podemos identificar los siguientes puntos de reflexión

1- Encuentro con Jesucristo vivo

El relato de Lucas (Lc 24,13-35) se ocupa de lo medular de la fe cristiana, la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte, explicando aquello que los ángeles comunicaron a las mujeres que fueron al sepulcro: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (24,5-6; cfr. 1 Cor 15,17).

El mismo día en que encuentran el sepulcro vacío y reciben la noticia de la resurrección de Jesús sucede lo de Emaús (24,13). El “camino” de Jerusalén a Emaús tiene un hondo significado. Dos discípulos de Jesús bajan de Jerusalén camino a Emaús situada a unos 12 kilómetros de la capital (Lc 24,13). Con tal alejamiento se distancian de Jesucristo muerto y resucitado en Jerusalén y de los hermanos que allí se reúnen a bendecir a Dios (24,52-53) y a esperar «la fuerza que viene de lo alto» (24,49; ver Hch 1,4).

Alejarse de Jerusalén, por tanto, es abandonar al Señor y sustraerse a la donación del Espíritu y, por lo mismo, abortar la misión (cfr. Hch 1,8). Jerusalén representa el ámbito teológico de encuentro con Jesucristo vivo, razón de la esperanza, fuente de inteligencia espiritual y fuerza para el testimonio.

Emaús, en cambio, representa en el relato de Lucas lo cotidiano, lo de antes y lo de siempre, es decir, la muerte de la ilusión que Jesús había sembrado en ellos, el sin sentido, refugio a la desesperanza por la lejanía con el Resucitado y su comunidad pascual. Allí, en Emaús, sólo es posible la tristeza y el vacío por la falta de fe en la obra de Dios por su Mesías. Hacer el camino de Jerusalén a Emaús (Lc 24,13) es deshacer el itinerario pascual, hundiéndose en la derrota al creer que Dios no pudo vencer el pecado y la muerte.

En el camino a Emaús, Jesús invita a sus dos discípulos, que no lo reconocen, a rehacer el itinerario pascual gracias al cual comprenderán el plan salvador del Padre llevado a cabo por su Ungido. Volverán inmediatamente de Emaús a Jerusalén (24,33), porque nada tienen que hacer en la aldea que representa la derrota cuando en realidad el Mesías de Dios está vivo en medio de los suyos en Jerusalén. Jesús Maestro, Profeta, Sacerdote y Señor sale al encuentro de dos de sus discípulos para caminar con ellos y hacerse cargo de su realidad, sanar su condición y enviarlos a extender su misión.

Para esto, en el camino de la vida, Jesús invita a los de Emaús a celebrar la liturgia del peregrino en la fe, sediento del Mesías, y les ofrece el pan de su palabra y el pan de la eucaristía, alimentos mesiánicos que los transforman en testigos de la buena noticia de la salvación.

En el trasfondo de este itinerario pascual se halla la convicción cristiana de que la fe nace del anuncio del acontecimiento de Jesucristo muerto y resucitado, fuerza salvadora del Padre que, por la acción eficaz del Espíritu, la Iglesia sigue extendiendo por el mundo entero. Comenzamos esta reflexión por este acontecimiento salvífico.

2- Jesucristo, el acontecimiento liberador

La pregunta de un desconocido a los de Emaús sobre lo que vienen conversando (Lc 24,17) tiene por respuesta la información de lo que ha pasado en Jerusalén en «estos días» (24,18).

La respuesta no es una doctrina o teología sobre Jesús, sino la narración de un acontecimiento, cuyo protagonista es Jesús, y la manifestación de las esperanzas que había suscitado en ellos. Jesús de Nazaret, tenido por profeta de Dios y liberador de Israel, fue entregado por las autoridades a la muerte en cruz, y de esto hace ya tres días.

Algunas mujeres dicen que su cuerpo no está donde lo sepultaron porque se enteraron por los ángeles «que está vivo» (24,19-24). La respuesta contiene, sin que los de Emaús lo sepan, el kerigma o profesión de fe de la Iglesia apostólica (Lc 24,20-22), kerigma que Pablo resume así: «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15,3-4; cfr. Hch 10,39-40).

La fe en Jesucristo arranca del anuncio de un acontecimiento salvador: el Padre Dios, por su Hijo Jesús muerto y resucitado por nosotros, constituido Señor y Mesías (Hch 2,36; 5,31; 10,42), nos ofrece vivir en comunión con él (Jn 1,17; Rom 8,1-4).

El Espíritu Santo que abre al don de la fe y de la conversión introduce al creyente en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y comunidad de salvación, y es quien posibilita una vida en creciente sintonía con la condición de nueva criatura (Gál 5,16-26; Rom 8,14).

3- Jesucristo y la interpelación de la vida

Los de Emaús han perdido la fe en Jesús. Retornan desconcertados a su aldea. Aquel en quien habían puesto su esperanza se reveló inoperante: «Nosotros esperábamos que él fuera el que iba a liberar a Israel» (Lc 24,21).

Ellos dos, como muchos de su tiempo, alentaban la idea de un mesías poderoso en obras y palabras, capaz de revertir la situación de opresión que vivía Israel bajo el yugo romano, haciendo de Jerusalén el centro sagrado desde el cual el Santo de Israel atraería hacia sí a todas las naciones (Zac 14; ver Mc 10,35-37). Confunden “Reino de Dios” con “reinado de Israel” sobre las naciones (Hch 1,6).

Este mesianismo nacionalista no fue capaz de dar sentido a la existencia de los dos de Emaús, que representan a muchos discípulos de Jesús. Vuelven a lo de siempre, tristes, desconcertados y con sus esperanzas deshechas. Mientras no sean capaces de abandonar sus planes y se dejen encontrar por Jesucristo vivo no cambiarán sus motivaciones ni su conducta.

El encuentro se inicia por iniciativa de Jesús quien interpela sus vidas. «¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?», les pregunta (Lc 24,17). Ellos relatan lo que han vivido los últimos tres días en Jerusalén (24,19-24). Insisten en sus anhelos rotos: han confiado en Jesús como profeta de Dios y liberador de Israel, pero terminó muerto en cruz. Ya nada se puede hacer (24,21).

La amargura no puede ser mayor. «Sus ojos estaban cegados» nos informa Lucas (24,16), es decir, no logran comprender por qué su líder acabó muerto, situación que afecta substancialmente su condición de vida actual y su futuro. Aquel profeta «poderoso en obras y palabras» en quien creyeron, ¡no era el liberador de Israel! (24,19.21). Jesús le reprocha a los de Emaús su falsa comprensión de los planes de Dios. Mientras ellos piensan en un liberador nacionalista que conduzca a Israel a la cabeza de las naciones, Dios ofrece a su Ungido o Cristo que, como Siervo sufriente de Dios (Is 52,13-53,10), guía a la humanidad al encuentro con el Padre (Lc 24,26).

Sin Jesús, la senda recorrida de Jerusalén a Emaús se convierte en desencanto pascual. Dejarse encontrar por Jesucristo es rehacer el itinerario pascual, pasando de la ceguera de los ojos y de la desesperanza del corazón al sentido salvífico de los acontecimientos (Lc 24,31: “ojos que ven”) y a la adhesión vital a Jesucristo vivo (24,32: “corazón que arde”).

Este itinerario o camino pascual se inicia tomando conciencia de la propia realidad, de lo que soy y cómo estoy frente a Jesús, a mí mismo y a los hermanos. No hay camino pascual sin hacerme cargo de mi propia realidad de pecado para ofrecerla al Mesías, quien sólo así puede hacernos vivir el proceso de transformación en «nueva criatura» (2 Cor 5,17; Gál 6,15; Ef 2,15; 4,24).

4- Jesucristo y las Sagradas Escrituras

A partir de las nefastas huellas que han dejado los últimos acontecimientos en los de Emaús, Jesús los invita a escrutar la voluntad de Dios: “¿por qué son tan torpes y no comprenden lo que dicen las Escrituras acerca del Mesías de Dios?” (cfr. Lc 24,27).

La pregunta equivale a “¿por qué tienen el corazón obstinado y los ojos cegados (24,16.31) para comprender los planes de Dios de liberar a Israel y a la humanidad oprimida?”. Jesús, Palabra eterna del Padre (Jn 1,1-2), «empezando por Moisés y siguiendo por los todos los profetas» (Lc 24,27), les abre el sentido de la Escritura para que comprendan y acepten (cfr. 14,25) que lo prometido en ella por Dios se ha cumplido en Jesús de Nazaret.

En este encuentro, la palabra es mediación de comunicación, pues, por un lado, expresa la desilusión humana (palabra del hombre) y -por otro- revela el misterio de la redención divina (palabra de Dios). Luego, los de Emaús reconocen la fuerza de la palabra de Jesús: su corazón arde cuando les habla y les abre el sentido de la SSEE (24,32; cfr. Hch 17,2-3). I

nterpretar la SSEE es penetrar con los “ojos” (comprensión) y aquilatar con el “corazón” (afectos) la buena noticia de Jesús (Mc 1,1) como voluntad del Padre Dios. Cuando en el NT se habla de «las Escrituras» -como en Lucas 24,27.32 (ver 2,23-24)- es para hacer una explícita referencia a la voluntad de Dios expresada en los Libros Sagrados. Jesús, por tanto, remite todos los acontecimientos ocurridos en Jerusalén respecto a su persona a la voluntad salvífica de su Padre.

5- Jesucristo y gestos sacramentales

A la enseñanza que explica el sentido de la vida de Jesús sigue el gesto sacramental que alimenta la adhesión vital a él. Aún los ojos de los de Emaús están cegados y no reconocen en el peregrino al Mesías, al «profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo», al «libertador de Israel» (Lc 24,19.21).

La mesa preparada por el anuncio de la Palabra y el pan bendecido, partido y compartido (Lc 24,30) configuran el momento sacramental que lleva a plenitud el encuentro con Jesucristo vivo. Sólo «entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (24,31). Aquella cena de los de Emaús con Jesús, Lucas la llama «fracción del pan» (1 Cor 10,16; Hch 2,42.46) y la presenta con los mismos verbos que emplea para la institución de la Eucaristía: «Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, rezó la bendición, lo partió y se lo dio» (ver Lc 24,30 y 22,14.19).

Desde su origen la celebración cristiana une palabra y gesto sacramental. La Eucaristía, pues, es comunión por el diálogo y el sacrificio, por la Palabra y el Cuerpo del Señor, realidades que se exigen mutuamente, aunque cada una con su propia eficacia. JUAN PABLO II nos dice que «en cada celebración eucarística el encuentro con el Resucitado se realiza mediante la participación en la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida» (Dies Domini, 39; ver nº 40; cfr. Sacrosanctum Concilium, 7).

De inmediato después de “la fracción del pan” se les abrieron los ojos a los de Emaús y reconocieron al Resucitado, pero Jesús desapareció de su lado (Lc 24,31). Ellos, luego, darán testimonio de lo que les ocurrió «cuando iban de camino y cómo lo reconocieron al partir el pan» (24,35). El gesto sacramental de partir el pan es el alimento que lleva a su plenitud en los de Emaús aquella luz sobrenatural que les permite adherirse con fe intensa a Jesucristo vivo, liberador de Israel.

Mientras que por las palabras de Jesús, que les llegan “al corazón”, reconocen que lo sucedido al Nazareno es la voluntad de Dios consignada en la SSEE (Lc 24,32), por la participación en la fracción del pan abren “los ojos” y reconocen que el Nazareno, que murió en la cruz «hace tres días» (24,21), ha resucitado.

Aquellos corazones obstinados y ojos incapacitados (24,16) para reconocer al Resucitado que camina con ellos son iluminados con el Pan de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, haciendo posible el conocimiento del misterio divino revelado (cfr. Heb 10,32). Los dones de Cristo (Jn 6,31.49), Palabra y Cuerpo, son los dones escatológicos del nuevo pueblo de Dios (Sal 78,23-25; Ap 2,17) «que mantiene a los que creen» en él (Sab 16,26), y cuya inmediata consecuencia es el testimonio (Lc 24,33-34).

6- Jesucristo y el discípulo enviado como testigo

El camino a Emaús, ya lo hemos dicho, es retorno a lo cotidiano, a la vida que los discípulos tenían antes de conocer al Señor. Establecerse en Emaús es matar la ilusión de la liberación de Israel, el fin de la utopía humana (Lc 24,21).

Refugiarse en Emaús es aceptar el fracaso del plan salvador de Dios, el fin de la utopía divina. En el camino a Emaús ocurrió el encuentro con el Resucitado y el reencanto con su persona y con la misión que les confió. Por eso no se establecen en Emaús, sino que regresan a Jerusalén, la ciudad donde los espera el poder de lo alto y la comunidad apostólica que confiesa a su Señor. Aquí, en Jerusalén, aquilatarán con los apóstoles su experiencia del Resucitado.

Desde aquí, de Jerusalén, saldrán esta vez a anunciar a todas las naciones «la conversión y el perdón de los pecados» (Lc 24,47; Hch 2,38). En Jerusalén, no en Emaús, se forjan los testigos de aquel «que vino a dar su vida en rescate por todos» (Mc 10,45), escuchando al Señor no abandonándolo se generan los heraldos de la Buena Nueva. El camino de Galilea a Jerusalén (Lc 9,51) es la senda del discipulado, de quien sigue a Jesús (Hch 1,21; 4,13) para estar con él y aprender de él (Mc 3,14).

El camino de Jerusalén a Emaús es la ruta interior del desencanto y del abandono del seguimiento. El regreso de Emaús a Jerusalén es la senda de la escucha de la Palabra y de la fracción del pan para reconocer al Resucitado y vivir en comunión con él. El camino de Jerusalén hasta los extremos de la tierra (Hch 1,8) es la senda del misionero, es decir, del Espíritu que suscita testigos del Señor resucitado (4,31; ver Mc 3,13-14).

Los “caminos” por donde transita el discípulo se convierten así en itinerarios o caminos pascuales que conducen de la falta de fe y de la desesperanza al reconocimiento de Jesucristo vivo y a su anuncio gozoso.