Una de las necesidades más fuertes que tenemos los seres humanos, es la necesidad de amar y de ser amados. Desde el vientre materno ya vamos experimentado y disfrutando de la dicha de sentirnos amados por los demás; más adelante en el transcurrir de nuestros días, esos sentimientos amorosos que vamos recibiendo, son los que nos convierten en la persona que somos, si recibimos bastante amor seremos capaces de dar amor, de sentirnos realizados; si por el contrario recibimos odio, rencores, violencia, todo lo contrario al amor, eso daremos en el mundo, pues como dicen los psicólogos de la personalidad: somos el producto del amor que recibimos. .
Pero a lo largo de nuestra vida vamos disfrutando de diversos y distintos amores; el primero es el de nuestros padres, el de nuestra familia: es el amor de sentirnos acogidos y queridos en el primer círculo y principal en donde comenzamos y desarrollamos gran parte de nuestra existencia, padres y hermanos nos dan a cada uno de nosotros las primeras dosis de amor que requerimos, para andar con seguridad y corrección en los primeros pasos de nuestra vida. Este es un amor que nunca se pierde, siempre se mantiene y es fuerte y perdurable cuando se tiene, tendrían que darse situaciones super anómalas para que el mismo se pierda, a través de él se da una especie de lazo que se prolonga generación tras generación y sumamente difícil el poder olvidarlo o deshacerse de él. .
El otro amor es el de los amigos, tal vez el más puro de todos, pues en el familiar puede darse algún tipo de deber u obligación, aunque no siempre, pero este amor, se define a través del encuentro de dos seres que por ciertas afinidades o circunstancias comienzan a coayudarse y a caminar juntos; tiene varias estratos, desde los amigos familiares, del vecindario, la escuela, el trabajo; puede perderse a través de la lejanía o la asunción de responsabilidades y avatares de los días, pero es un amor que marca y en medio de todos puede prolongarse a lo largo de toda la vida nuestra en este mundo.
El siguiente amor es al que le damos mayor importancia y es el que más fácil se pierde, es el más frágil de todos e incluso el que puede hacernos sufrir más, hasta llegar a frustrarnos la vida entera: es el amor entre un hombre y una mujer, en el plano de ser pareja. Este es un amor con bastantes signos vitalizadotes y realizadores, es un amor donde se da todo, hasta lo más íntimo nuestro, a nivel corporal. Establece como una especie de corriente de energía que fluye, muy en abundancia en los comienzos y más adelante en algunos casos, disminuye, por efecto de maduración en el convivir o por elementos rutinarios que lo van haciendo desfallecer. Este es un amor que va y viene, que hoy se tiene aquí y mañana puede estar por allá, lo maximizamos tanto, que por él somos capaces de olvidarnos del amor tan fuerte de la familia y de perder el amor grande de los amigos.
Un último amor y el más grande de todos, que no se pierde nunca, que siempre está: es el hecho de sentirnos amados por Dios. Podrá fallar la familia, los amigos, la pareja, pero Dios siempre estará ahí, para quien quiera aceptar y acoger su amor. Este amor nos acompaña incluso desde antes de nuestra existencia, se prolonga a lo largo de toda nuestra vida y sigue por siempre en la eternidad; no lo detiene este mundo, ni puede contra él la muerte; de la certeza de este amor, depende la grandeza de los otros amores.
Podemos de decir, que en definitiva si tenemos necesidad de amar y ser amados, no es otra cosa más que la necesidad de amar a Dios y de sentirnos amados por él, que es fuente del amor y es amor en sí mismo.
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