En los últimos tiempos estamos asistiendo a un renacer religioso en la gente que participa en los Medios de Comunicación, entre artistas, peloteros, es decir, la gente del espectáculo; algunos son de tendencia protestante y otros de de la Iglesia Católica, aunque hay algunos que solamente se definen como cristianos, pero sin ningún tipo de participación activa, en ninguna comunidad específica. Estos personajes típicos y pintorescos, a cada momento por lo que van haciendo o va sucediendo en su espectacular vida, siempre mencionan a Dios y le agradecen a Dios sus éxitos en el campo en que desarrollan.
Su actividad un tanto frívola y superficial, pero que el mundo la ve grandiosa e importante. Muchos de ellos hacen esto por simple moda, ya que en algunos casos, su vida en lo moral dista mucho de una persona que verdaderamente tenga por centro a Dios en su vida, es decir, estamos ante personas que no toman en cuenta aquel precepto del Decálogo de Exodo 20,7 donde Dios le pide a su Pueblo que no tome su nombre en vano.
Este tercer mandamiento condenan el pronunciar en falso, más que en vano, el nombre de Dios. Israel tenía una larga tradición que influía para comprender lo expresado por este mandato, en cuanto a las palabras ociosas, pero el sentido de abuso, que quiere subrayar el mandato, consiste en pronunciar el nombre de Dios como garantía de la verdad de algo que se aparta de ella, es decir, de la verdad misma. El perjurio y el falso testimonio, pero también la pretensión de captar el poder del nombre de Dios, para fines torcidos, son lo que se tienen en mente a la hora de emitir el precepto legal. Dios revela su nombre para que alegremente se le conozca, no para que se le use con finalidades que se apartan del cumplimiento de su voluntad. Por eso la amenaza a quien se atreva a pronunciar indebidamente su nombre.
Constantemente corremos el peligro de banalizarlo todo y pretendemos ubicar a Dios a través de ese colador, de ahí que no sea raro, que gente que vive su vida un tanto banalmente quiera también colocar a Dios de esa forma en su vida. Siempre está la tentación de hacer un Dios a nuestra medida, hacer un ídolo del mismo, lo que iría en contra del segundo mandamiento (Ex 20,4).
En este mundo donde todo se relativiza y no se le da importancia a lo que se dice, sino que todo está en el provecho y la ganancia, elementos propio de una sociedad donde el capitalismo de hoy, se yergue como la panacea de todo, las palabras solo se ven como simple instrumentos faltos de seriedad y fidelidad a la misma, de ahí que pronunciar o decir cualquier cosa siempre va a estar en función del momento y de lo que se pueda obtener, incluso si el hablar en contra de Dios fuera lo beneficioso en medio de nuestra sociedad, pues eso mismo sería utilizado y eso se diría, pero como todavía el respeto por la Palabra de Dios cuenta, entonces este es utilizado, pero con la ausencia del valor que dicho pronunciamiento del nombre conlleva.
Pronunciar el nombre de Dios debe ir acompañado por una vida sin tacha, moral o por lo menos con estas pretensiones; pues él no es solo un nombre, es todo un proyecto de vida para la humanidad ante el cual el hombre o la mujer se deja moldear por su palabra y va viviendo en base a los valores cristianos, una vida en íntima comunión con el mismo Dios y sus hermanos. Creer en Dios es más que tener su nombre a flor de labios, pues esa fe en él, comienza por un respeto ante su persona, la cual tiene su principio en una correcta pronunciación de su nombre, no de forma fonológica, sino vivencial y testimonial.
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