El Profetismo en Israel (1 de 3)

La mayor parte de las religiones han conocido el fenómeno profético. Por profecía no entendemos la predicción del futuro, sino la mediación e interpretación de la mente y voluntad de Dios, como lo resalta el término en griego: Profetes, que significa el que habla en lugar de otro o interprete; en hebreo el nombre dado al profeta es: Nabi. Para comunicar los designios divinos el Profeta se vale de varios medios como son: los sueños, visiones, experiencias estáticas o místicas, etc. La profecía es un carisma.

En el medio oriente antiguo existían los videntes y adivinos, la religión israelita tendía a considerar la adivinación como superstición; sociedades como la Fenicia, la Babilónica que con diversos nombres llamaba a este tipo de persona, que usualmente usaba estilos estáticos (parecido a la famosa montadera entre nosotros) y medios  tales como higados y huesos para sus artes adivinatotias con carácter mágico, eran clientelistas. Pero donde apareció el profetismo, y se dio parecido al de Israel, fue en la desaparecida región de Mari, textos encontrados recientemente aseguran un gran parecido con la profecía de Israel.

Pero aunque se den parecidos entre el fenómeno profético israelí y otras culturas o religiones, este tiene unos rasgos que le son muy propios y únicos. La tradición bíblica sitúa el comienzo de la profecía en Moisés, es decir, la profecía comienza con la misma existencia de Israel. Moisés y Aarón son llamados profetas (Ex 7,1; Num 12,2.8); luego aparece dandóle este nombre, pero  como profetisa a una mujer: Débora (Jue 4,4), y más tarde a Samuel (1Sam 19,20). Un rasgo que hay que tener en cuenta es el hecho del extatimos por el cual el profeta se convierte como en otro hombre, muy diferente al adivino o vidente, pues mediante esta situación, lo que se quiere hacer ver era que el profeta estaba ante una genuina experiencia religiosa, es decir, ante un contacto verdadero con Dios.

La época clásica y grande de la profecía israelí se da a partir de la aparición de la monarquía, es en esta época cuando aparecen los grandes profetas bíblicos, de los cuales el Antiguo Testamento ha conservado sus enseñanzas y en algunos casos sus nombres encabezan algunos libros. Vale aclarar la alusión que la misma Biblia hace a los llamados Falsos profetas, que eran en sí profetas, pero que se habían dejado engañar en sus juicios, confundiendo sus propios deseos y esperanza con la palabra auténtica de Yahvé (Is 28,7; Jer 23,5ss), eran profetas de la corte y les interesaba decir al rey y a sus ministros los que ellos querían oír, sacando beneficios monetarios de sus profecías.

El profetismo clásico se caracterizará por la revelación intrépida de la voluntad moral de Yahvé, el Dios de la alianza israelita; comenzó a manifestarse a partir de las denuncias de Elías (1Re 21,17.24) y Eliseo (2Re 5,26); vale señalar un ejercicio profético previo  través de los profetas Natán, Ajías de Silo y Miqueas ben Yimia. Los profetas clásicos más conocidos, son los aparecidos en los siglos VIII, VII y VI a.c. El siglo VIII es conocido como la época de oro del profetismo en Israel. El orden cronológico sería el siguiente: Amos, Oseas, Isaías, Miqueas, Nahum, Sofonías, Habacuc, Jeremías y Ezequiel, ahora bien, el profetismo clásico no se reduce a estos nombres hay otros profetas que también escribieron o sobre ellos se escribió e incluso cuyas palabras se han perdido y sus nombres no conocemos. Lo que mueve a estos profetas clásicos a su ejercicio profético no es otra cosa que su vocación especial de Yahvé, de la cual proviene también su autoridad en medio del pueblo de Israel.