El Profetismo en Israel (3 de 3)

Una de las insistencias más notorias de la doctrina profética ha sido en lo relativo a la moral social, a tal punto que algunos profetas han sido catalogados como "profetas sociales", aunque algunos críticos de la Biblia, como el francésRenan, les han llamado "panfletarios radicales", pero su mensaje ha de explicarse a base de la función propia de un profeta en Israel: actuar como la conciencia de su pueblo en aquellos asuntos en que era necesaria una voz moral, pues lo único que hacían era insistir en las virtudes sociales propias a las doctrina de su elección como pueblo de Dios y de la Alianza, virtudes que habían sido objeto de violaciones en Israel, el cual había abandonado sus grandes ideales poniendo en prácticas costumbres paganas.

Esa insistencia social de los profetas es la que da origen a un tema muy peculiar de la Biblia: "los pobres de Yahvé", es decir los socialmente oprimidos que solo gracias a Yahvé podrán levantar la cabeza y que se identifican con los justos, con el resto fiel capaz de invocar el nombre de Dios; no es que los profetas israelitas tuvieran una visión sentimental de la pobreza, sino que la vieron como algo no deseable y también que pobreza e injusticia siempre estaban juntas. Unido a esta preocupación cabe destacar su empeño por el respeto a la voluntad de Dios, que es un dios único, ellos van hacer grandes defensores de un monoteísmo ético, pero de forma dinámica  y práctica, no en simple teorías, pues su misión consiste en revelar la mente de Dios, por lo tanto  la palabra de Dios comunicada debe ser visible en la vida.

 

Retomando  los libros proféticos que hay en la Biblia, las palabras allí contenidas son colecciones de profecías más que libros unitarios, pues un profeta se rodeaba de discípulos y estos eran los que recopilaban y transmitían la obra profética, aunque hay profecías que presentan indicios de ser especie de dictado, pero lo que sí esta claro es que estamos ante una transcripción sustancial de las palabras originales del profeta, pues la estructuras poéticas usadas por los profetas facilitaba la memorización a la hora de la transmisión del mensaje. Las actuales ediciones de la literatura profética datan a partir del siglo VI a.c., fue entonces cuando se añadieron los títulos a los encabezamientos de los libros.

 

En conclusión la profecía no fue palabra de Dios, sino que sigue siendo palabra de Dios, no es un documento de archivo. La palabra profética tiene vida propia una vez que ha salido de labios del profeta y este se identifica del todo con la palabra que ha sido pronunciada. La palabra profética supera al Profeta. Es la palabra de Isaías, Amos, de Jeremías o quizás de un hombre cuyo nombre no conocemos, un hombre que en todo caso estaba comprometido con la palabra, que vivía y estaba dispuesto a morir por ella.

 

Finalmente, hoy día el profetismo solo se ve en la clave de denuncia contra las instituciones vigente llámese gobierno e incluso hasta la misma Iglesia. Se le dice Profeta aquel que solo denuncia situaciones políticas y sociales, tanto o cuanto favorece un grupo contra otro, pero en este caso estaríamos ante un gran activista social más que otra cosa, aunque sea un miembro de la Iglesia. El profeta, como hemos visto, primero es un hombre de Dios y todo lo que hace lo realiza y dice en nombre de Dios, el se siente portador de una palabra que no es suya sino de Dios; él no se presenta a sí mismo, sino que a quien presenta es a Dios. Hubo una época en nuestra América Latina de auténticos y verdaderos profetas, que no se predicaban a sí mismo, sino a Dios, prácticamente todos murieron como profetas: brutalmente asesinados; hoy, en estos días, necesitamos en nuestro continente profetas, no para que sean mártires, sino para que hagan resonar la verdadera voz de Dios en medio de nosotros, denunciando el mal corrompedor de nuestras instituciones y personas, y anunciando la necesidad de un tiempo nuevo, de redención y liberación en nombre de Dios.