La noticia que recibió Agustín aquel lunes a eso de las once de la mañana fue alarmante, desoladora, angustiante. Estaba completamente invadido por el desaliento. Cerró su escritorio y salió. Tenía que buscar ayuda en alguna parte. Se le ocurrió entrar a una iglesia. No le fue fácil. La primera donde fue estaba cerrada. Sin embargo, encontró una puerta lateral entreabierta, entró y se sentó en el primer banco de aquel templo vacío.
Estaba totalmente solo, frente al sagrario, sitio donde él sabía que estaba Jesús en persona.
Al borde de la desesperación, hablaba sin parar y sin mucho orden.
Hasta que hizo silencio, y le pareció escuchar que de aquel sagrario salía un mensaje para él. Fue una frase breve, pero clara, contundente: “Déjame eso a mí”.
Aquella frase cambió su estado de ánimo cambió en cuestión de segundos. Casi repentinamente recobró la paz, y confió. No estaba solo. El Señor estaba presente allí, y estaba enterado ya. Nada menos que el Señor en persona se había ocupado de él y de su problema.
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El evangelio de este domingo trae un caso muy similar, por no decir idéntico.
Uno de los doce apóstoles, llamado Tomás, aquel hombre de corazón y de arranque que en una ocasión había dicho: “¡Vamos también a morir con Él” (Juan 11, 16), parece que en estos días estaba muy desalentado.
Quizás por eso no había estado presente cuando, el mismo primer domingo, el Señor se mostró resucitado a los demás apóstoles.
Cuando se lo dijeron a Tomás, no se atrevió a creer. ¿Que el Señor está vivo...? No era posible.
Pero al menos la noticia que le dieron: “Hemos visto al Señor”, lo animó lo suficiente como para estar presente el siguiente domingo.
Y ya sabe usted lo que pasó. Lo mismo que hizo con Agustín hace poco hizo el Señor con Tomás hace mucho. Y el efecto fue el mismo: Cuando percibieron la presencia del Señor, tanto Tomás como Agustín recobraron el ánimo, la esperanza, y la fortaleza para seguir adelante.
El Señor ha dado instrucciones a los que tenemos problemas y no sabemos qué hacer con ellos, a los que están “rendidos y abrumados”. A los que se sienten “cargados y agobiados”.
Las instrucciones son:
“Acérquense a Mí que yo los aliviaré”.
(Mateo 11, 28-29)
A Tomás le dio resultado. A Agustín también. ¿Y a Usted...?
LA PREGUNTA DE HOY
Esto de que Jesús está vivo y de que yo puedo acudir a él me da mucho trabajo creerlo.
¿Cómo puede tener más fe?
Respuesta: Pidiéndola. Pidiéndola sinceramente, con deseo de recibirla. En cada templo católico hay un sagrario, y de allí sale una luz y una fuerza para todo el que se acerque con necesidad y deseo de recibir esa luz y esa fuerza.
Acérquese y quédese allí cerca del Señor un rato. Descanse bajo su mirada, en silencio. Nada más.
Este tipo de oración, hecho con humildad, es infalible. Pruebe, usted y verá. Entonces, por experiencia propia, sabrá con quién contar.
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