Perdonarnos a nosotros mismos

Quiero compartir en este articulo algunas ideas y temáticas extraidas de varios autores que utilice en una reflexión de cuaresma para hombres en el politécnico femenino nuestra Señora de las Mercedes, que creo nos pueden ayudar a todos sobre la necesidad de perdón que tenemos cada uno de nosotros para así conocer bien el perdón de Dios y poder perdonar a los demás. 

La vida es sinónimo de desafíos, pero el mas importante de ellos es el de poder perdonarse a si mismo las cosas que hicimos, hechos de los que no estamos orgullosos, quizás, cosas que tendríamos que haber realizado y no nos empeñamos demasiado en poder conseguirlas. Uno no puedo vivir torturándose por cosas que no hizo bien o no pudo hacer. Uno no puede ser cautivo o presa del pasado, uno no puede cambiar ese pasado pero si puede cambiar la manera que uno tiene de mirar el presente, de vivir ese presente y el futuro.

No se puede entrar en facilismos de convertirse en la víctima, de entrar en la espiral del eterno lamento y de no hacer nada para cambiar ese presente, la vida no es tan complicada si no hacemos de esa vida, algo complicado e imposible de vivir, no podemos vivir sintiéndonos miserables por un pasado lleno de infelicidad y de dolor, adoptar la postura de ser víctimas, de sentirnos de esa manera no es el camino, uno tiene que poder y lograr perdonarse, después de todo el tiempo pasa y únicamente los que sufrimos, somos nosotros, con nuestros pensamientos negativos que nos hacen del día a día, una pesadilla y exparcimos esa mala energía a todos quienes nos rodean, una actitud egoísta, simplista y débil. Si no tienes todo lo que deseas es porque no te lo das tú a ti mismo, y ¿Por qué no te lo das? porque aún te sigues castigando por los errores del pasado o por no ser lo que otros quisieran que fueras.

El perdón a sí mismo es una dimensión muy importante de la existencia humana, porque quien no se perdona a sí mismo no puede perdonar a nadie y no puede ser feliz. Viene bien una expresión de los últimos generales de la Compañía de Jesús, el Padre Pedro Arrupe y el Padre Peter Hans Kolvenbach que reza así: “Es muy importante en la vida saber reír y tener humor, comenzando por saber reírse de uno mismo”. Aquí estamos en el corazón del tema de perdonarse a sí mismo.

Perdonarse a sí mismo no se estila porque vivimos en la sociedad del delirio neoliberal, de la globalización de la miseria, donde no hay cabida para el perdón a sí mismo porque el estereotipo que se nos impone es el de “yo el perfecto”, lleno de éxito, que no puedo tener ningún defecto, ni ninguna falla.

Entonces así no tengo por qué perdonarme, porque soy perfecto. Y cuando uno está convencido de que es perfecto o perfecta, entonces uno está en un camino suicida y en un camino de gran frustración, porque es parte fundamental de la existencia humana la contingencia, la limitación.

Dicen los latinos “humano es errar”. Y cuando yo no me permito errar, cuando yo no me permito equivocarme, entonces yo entro al delirio de los dioses humanos con pies de barro. Estos son los peores dioses porque son inclementes, ya que son perfectos, y sin lugar a dudas le exigen a todos la perfección absoluta, que nunca existe, por lo menos en esta tierra. Por lo tanto, es condenarnos a ser lo que no somos. Por ésto es muy importante, primero que todo, aceptarnos como somos: personas con cualidades, con posibilidades, con recursos, con límites y con inconsecuencias.

Paradójicamente necesitamos reconocernos inconsecuentes y limitados ya que ésta es la condición de posibilidad del crecimiento, del progreso y del desarrollo, del auténtico desarrollo, que es el desarrollo integral.

Y para poder crecer debo reconocer que no me las sé todas, que necesito avanzar, que necesito ser corregido por los otros, que necesito corregirme a mí mismo. De lo contrario, soy perfecto, y quien es perfecto no avanza y se mutila porque todos necesitamos crecer. De ahí que sea muy importante perdonarse a sí mismo.

Uno se perdona sus límites, porque de una u otra forma todos queremos ser perfectos, todos queremos hacerlo bien, pero no lo podemos hacer bien siempre. Me perdono mis inconsecuencias, mis errores, mis fallas, incluso mis traiciones y esto es muy importante. Sólo aquel que se perdona a sí mismo puede amar, porque amar es asumir al otro como es, con todas sus glorias miserias, y amar es encontrarnos en la gratuidad de lo que es el otro, no imponiéndole mi estereotipo de perfección.

Fíjense lo importante que es perdonarse a sí mismo, porque ésto es la posibilidad del amor, porque es aceptar al otro como es en la medida en que yo me acepto a mí mismo como soy. Y es sólo esta relación de gratuidad donde yo no estoy imponiendo mi estereotipo de perfección, ni a mí mismo, ni a los otros, lo que me permite ser feliz.

Perdonarme significa conocerme a mí mismo. Tenemos un gran maestro de la muy antigua sabiduría oriental, el chino Sun Tzu, quien es su milenario libro “El arte de la guerra” nos dice: “Conócete a ti mismo y ganarás todas las batallas”. Y él no habla sólo de las batallas militares, él habla de la gran batalla, que es la batalla del cotidiano, de la existencia humana ¿Batalla contra quién?

Corrientes muy serias de la antropología y la psicología profunda contemporáneas señalan que estamos constituidos por diferentes pulsiones, dentro de las cuales sobresalen dos en particular: la pulsión de darse al otro, la alteridad, y la pulsión del egocentrismo.

Todos deseamos darnos al otro en gratuidad porque aprehendemos que ésto nos plenifica, y al mismo tiempo experimentamos la necesidad de afirmarnos a nosotros mismos negando al otro: esto es el egocentrismo.

Sin embargo, esta dinámica es muy compleja, ya que todos necesitamos una cierta dosis de ego, lo que hoy llaman los psicólogos la autoestima, y por esto el Evangelio afirma lo siguiente: ( parodiando el Evangelio) le preguntan a Jesús: “¿Maestro qué tengo que hacer para llegar a la felicidad?” y él responde: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al otro como a sí mismo”. Luego la felicidad desde el camino cristiano es un ferrocarril que anda sobre una carrilera de tres rieles: amarse a sí mismo, amar al otro y amar a Dios.

Perdonarse a sí mismo limpia el alma, lavando verguenza y culpabilidad. Del perdón a sí mismo se extrae la fuerza para perdonar a los demás. Perdonarse a sí mismos, lo que aparentemente se muestra como la forma más accesible de purificación, se convierte en el gran escollo de la personalidad porque perdonarse exige el reconocimiento implícito de error elegido y ello conlleva un acto íntegro de humildad al que la propia personalidad se revela. Lo más difícil para el hombre es el reconocimiento de su limitación porque la perfección intuitiva del modo de conocer del espíritu le hace soberbio por naturaleza. Asumir la limitación que el modo de conocer sensible determina sobre la mente, y le propicia al error, es una de las variables poco enraizadas en la personalidad y por ello nos cuesta tanto rectificar.

El proceso del propio perdón que sinitetiza toda catarsis espiritual es el siguiente:
1.Asunción de la limitación personal. 
2.Reconocimiento del error.   
3.Rectificación moral.    
4.Conocimiento de superación.

La esencia del propio perdón está mucho más orientada al futuro que al pasado. No es una redención de culpa sino una liberación para afrontar la vida desde una nueva perspectiva de libertad. El proceso vital es fundamentalmente creativo y exige la máxima disponibilidad del esfuerzo en ese proceso. Un espíritu se refuerza no sólo por la superación de las amarras que la materia pudiera haberle tendido - ejemplo: las drogas - sino por soltar el lastre negativo derivado de sus acciones pretéritas, asumiendo tan sólo lo que de positiva experiencia pudiera reportarle.

Perdonarse a sí mismo es esencial. En todos nosotros existe una tendencia a exigirnos más de lo que le exigimos a otros. Tal vez usted ha sido uno de los que pueden justificar el perdonar a otros, hasta por una ofensa atroz, pero no encuentra ninguna justificación para perdonarse a sí mismo por una ofensa igual o menor. Tal vez usted cree que perdonarse a sí mismo no es digno de consideración, porque piensa que debe mantenerse en un estado de constante recuerdo, no sea que se le olvide. Tal vez usted cree que hay un precio, alguna forma de penitencia de por vida que debe pagar.

El perdonarse a sí mismo no es tratado específicamente en la Biblia, pero existen principios en relación al perdón que deberían ser aplicados. Por ejemplo, cuando Dios nos perdona dice que no recuerda más nuestros pecados (Jeremías 31,34). Esto no significa que nuestro omnisciente Padre Dios olvida, sino que debido a que nos perdona, decide no recordar nuestro pecado de una manera negativa. Pedro dijo: "En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas" (Hechos 10,34). Aplicando la "no acepción" a los problemas del perdón, Dios no decide perdonar a una persona y no a otra. Él perdona a todo el mundo que cree en Jesucristo. Aplicando Sus estándares de "no acepción" a nosotros, es tan importante perdonarnos a nosotros mismos como el perdonar a otros.

 

Perdonarse a sí mismo no significa olvidar. Significa no recordarse a sí mismo esa ofensa de maneras negativas. El perdonarse a sí mismo es simplemente dejar ir lo que usted tiene en contra suya para poder seguir adelante con Dios. Si Dios dejó eso atrás, ¿no deberíamos nosotros hacer lo mismo? Filipenses 4,9 dice que debemos poner en práctica las cosas que hemos aprendido de Dios y de Su Palabra. Continuar reviviendo en nuestros pensamientos los eventos de nuestra transgresión es contrario a Filipenses 4:8, el cual nos dice que pensemos en todo lo verdadero, honesto, justo, puro, y amable.

Proverbios 16,25 dice: "Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte." La energía que consume el abrigar ira, odio, y resentimiento hacia usted mismo es exhaustiva. Cada gota de energía que le damos a las actividades negativas y a la contemplación de nuestros remordimientos, nos roba la energía que necesitamos para convertirnos en la persona que Dios quiere que seamos.

La vida está llena de decisiones y cada decisión que tomamos nos llevará en una dirección positiva, dadora de vida, o nos robará la oportunidad de ser un individuo dador de vida. El perdonarse a sí mismo no nos absuelve, no justifica lo que hayamos hecho, y no es una señal de debilidad. Perdonar es una decisión que requiere coraje y fortaleza, y nos da la oportunidad de convertirnos en un vencedor, en lugar de permanecer víctima de nuestro propio desprecio.

Si usted no se perdona a sí mismo por los pecados pasados, eso es una forma de orgullo. Cuando creamos un conjunto diferente de reglas, un conjunto de estándares más altos para nosotros que para otros, eso es orgullo. Cuando podemos perdonar a otros, pero no a nosotros mismos, estamos diciendo que nosotros somos menos capaces de tomar una mala decisión que los demás. Somos de alguna manera más intuitivos, más sabios, más perspicaces, más cuidadosos que los demás, y por lo tanto, no tenemos excusa y no debemos perdonarnos. Cuando rechazamos el perdón que Dios y otros nos dan, cuando rehusamos perdonarnos a nosotros mismos, lo que estamos haciendo es poniéndonos por encima de otros ¡y eso es orgullo! Proverbios 16,18 dice: "Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu." La falta de perdón hacia uno mismo traerá la auto-destrucción, un espíritu altivo, y una caída. El perdón cristiano traerá la paz.

El perdonarse a sí mismo es importante también para aquellos en su esfera de influencia. Es un hecho bien conocido que gente herida hiere a otra gente. Mientras más evada el perdonarse a sí mismo, mientras más se permita abrigar sentimientos de que usted merece sufrir por lo que hizo, más explosivo se volverá, y por consiguiente, más apto para herir a otros.

La realidad es que usted no puede cambiar lo que pasó. No puede restaurar vidas a lo que eran antes del evento. Sin embargo, puede hacer una diferencia en las vidas de otros. Puede devolver algo de lo que haya tomado encontrando un lugar diferente para invertir su tiempo y compasión. ¡Perdónese a sí mismo y deje que comience la sanación