Jesús actuó seis meses en Galilea, luego hizo un largo viaje a Jerusalén y en esa ciudad se confrontó duramente con el Templo y todos los grupos dominantes. Duró aproximadamente cinco días en esta ciudad, luego fue arrestado, juzgado, torturado y asesinado en la cruz, según la visión de los evangelios sinópticos, no así el evangelio de Juan que presenta a Jesús yendo en varias ocasiones a Jerusalén.
La ejecución de Jesús por orden de la autoridad romana es el dato históricamente mejor documentado de su vida, pues no sólo aparece en las fuentes cristianas, sino también en los escritos no cristianos como el historiador judío Flavio Josefo y del historiador romano Tácito. Que el instrumento de la ejecución fue la cruz está testimoniado por las fuentes cristianas y por Flavio Josefo. Sabemos que la crucifixión era la forma de ejecución habitualmente aplicada por los romanos a los rebeldes, los bandidos y gentes de baja extracción social acusadas de producir disturbios.
El dato de la ejecución de Jesús por parte de las autoridades romanas fue un dato incómodo para las primeras comunidades cristianas, las que sabemos se esforzaron por ganar aceptación social como grupo religioso pacífico. El hecho de tener como fundador a una persona ajusticiada como rebelde político no favorecía en absoluto estas pretensiones, sino que, por el contrario, las hacía sospechosas de profesar una ideología opuesta al sistema y ser fuente potencial de conflicto.
La forma como los relatos evangélicos de la pasión presentan los acontecimientos deja traslucir el vivo interés de los redactores por demostrar que Jesús era inocente, y que su ejecución fue el resultado de la ignorancia de los romanos y la envidia o perversidad de las autoridades judías. De todo ello podemos concluir que el dato de la ejecución de Jesús jamás pudo haber sido creado por sus seguidores y que, consecuentemente, la probabilidad de que sea histórico es casi absoluta.
Jesús tiene conciencia de ser uno más en la lista de los profetas, predicando lo que predicaba sabía que desencadenaría la violencia de sus enemigos. Pisa terreno peligroso cuando se solidariza con los pecadores, los publicanos, las prostitutas, los hombres de la tierra y cuando se enfrenta con los poderosos y observantes de la Ley.
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