Casa de Luz: ¿Buitres? ¿Murciélagos? ¿Abejas?

Hagan la prueba. Pregúntenle a cualquiera: “A más de volar, ¿qué tienen en común los buitres, los murciélagos y las abejas?” Es más, háganse la pregunta ustedes mismos. Difícil que acierten. Admito que yo no encontré la respuesta.

Claro, hay que conocer las características de esas especies para resolver el acertijo.

Si ponemos un buitre en un cajón que mida dos metros por dos metros, completamente abierto por arriba, esta ave, a pesar de su magnífica habilidad para volar, será un prisionero absoluto.

La razón es que el buitre siempre comienza el vuelo desde el suelo con una carrera de tres ó cuatro metros. Sin espacio para correr, como es su hábito, ni siquiera intentará volar. Permanecerá prisionero de por vida en una pequeña cárcel sin techo.

Al murciélago común y corriente que vuela por todos lados durante la noche, le es imposible elevarse desde un lugar plano. Desde el suelo, lo más que puede hacer es arrastrarse indefenso hasta un sitio ligeramente alto, desde el cuál pueda coger impulso, despegando rápidamente.

¿Y la abeja? Pues depositen una abeja en un recipiente abierto, y permanecerá allí hasta que muera, a menos que la saquen. Nunca ve la posibilidad de escapar hacia arriba, y persiste y persiste tratando de encontrar alguna salida por los lados. La abeja insiste en buscar solución donde no existe ninguna, hasta que completamente se destruye a sí misma.

Tú, yo y todos, somos en muchas formas como el buitre, el murciélago y la abeja. Lidiamos mano a mano con nuestros problemas y frustraciones, sin querer darnos cuenta que, al igual que ellos, todo lo que tenemos que hacer es dirigir nuestra mirada hacia arriba.

Esa es la respuesta, la ruta de escape y la solución a cualquier asunto que nos quite el sueño. Porque la tristeza mira hacia atrás y la preocupación hacia todos los lados. Nosotros en cambio debemos mirar más allá del momento presente, del desengaño, de la dificultad, y enfilar nuestra mirada a Dios, que es allí donde nos la dirige nuestra fe, aguzando el oído para escuchar lo que el Señor nos dice.

“Oiré lo que habla el Señor Dios en mí” (Sal 84, 9):

“Bienaventurada el alma que oye al Señor y de su boca recibe palabras de consolación.

Bienaventurados los oídos que perciben el rumor de las inspiraciones divinas y no cuidan de las murmuraciones mundanas.

Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que oyen de fuera, sino la verdad que enseña de dentro.

Bienaventurados los ojos que, cerrados a las cosas exteriores, están muy atentos a las interiores.

Bienaventurados los que penetran las cosas interiores, y estudian, con ejercicios continuos, en prepararse cada día más y más a recibir los secretos celestiales.

Bienaventurados los que ansían ocuparse sólo en Dios y se desembarazan de todo impedimento del mundo.

Esto dice Jesucristo: ‘Yo soy tu salud' (Sal 34, 3), tu paz y tu vida.

Consérvate cerca de mí y hallarás paz.

Deja todas las cosas transitorias y busca las eternas.

¿Qué es todo lo temporal sino engañoso? ¿Y qué te valdrán todas las criaturas si fueres desamparada del Creador?

Por esto, dejadas todas las cosas, hazte fiel y grata a tu Creador, para que puedas alcanzar la verdadera bienaventuranza.’” (Imitación de Cristo, Libro Tercero, Capítulo Primero).

Bendiciones y paz.

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